Publicado originalmente por la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile el 25 de marzo de 2020.

Nadie que yo conozca recuerda haberse topado en su vida con nada parecido a la pandemia COVID-19. Pandemias ha habido en otros tiempos, como todos sabemos. Las pestes medievales son legendarias y han dado y siguen dando motivo hasta hoy mismo para la creación de representaciones simbólicas de diverso orden, novelas, cuadros, películas, etc. Pero no ha habido una pandemia como esta desde hace por lo menos un siglo. Puede que la gripe española de 1918, que según dicen mató entre veinte y cincuenta millones de personas (no se sabe cuántas fueron exactamente), haya sido parecida, pero sería el último evento que se aproxima al COVID-19. El ébola (1994-96), el severe acute respiratory síndrome (SARS; SRAG en español, de 2002-2003), la gripe aviaria (2004-2006) fueron, hace ya algunos años, episodios menores en comparación.

Nadie que yo conozca duda tampoco de que el COVID-19 nos va a cambiar, que nos está cambiando ya, la vida. Por lo pronto, hay voces oficiales y también oficiosas que anuncian una recesión económica que estaría en camino y que va a ser igual o peor (más bien, peor) a la de 2008, cercana quizás a la gran depresión de 1929. Y eso va a traducirse en una paralización del sistema productivo con consecuencias catastróficas, tales como la disminución (puede que en algunos casos la desaparición) de servicios, el desabastecimiento de productos de primera necesidad, la cesantía y el hambre. 

Todo lo cual estimula un clima de terror y que a mí me hace sospechar que pone a las debilidades del régimen económico que nos rige actualmente al desnudo, que demuestra que este no se siente en condiciones de hacerle frente a un acontecimiento de tal magnitud. No es raro entonces que gobiernos como el chileno no sepan qué hacer o que hagan mal lo que tienen que hacer y que hoy, 25 de marzo de 2020, cuando escribo esta página, Chile sea el tercer país de América Latina con el mayor número de infectados, 1.142. No es que nuestros gobernantes no estuviesen preparados o que si de haber sido propietarios de más inteligencia y más cautela pudieran haberlo estado. El hecho concreto es que no podían estar preparados, que el modelo económico, social y político que ellos administran no está en condiciones de suyo de enfrentar esta pandemia bajo ninguna circunstancia porque en su fondo existe una especificidad que se lo impide.

Una epidemia se convierte en pandemia cuando ella se ha extendido por sobre las fronteras de muchos países y afecta a un vasto sector de la población del planeta. Es decir que una pandemia es una enfermedad globalizada, con la que la sociedad nuestra, también ella globalizada, pero esta vez de acuerdo con los parámetros de la globalización actual, tiene que lidiar. En 1918, cuando se produjo el estallido de la gripe española, el mundo estaba atravesando por la que para mí es la tercera fase en la historia de los procesos globalizadores del capitalismo, la que se vincula con las tecnologías de la segunda revolución industrial, la electricidad, el petróleo y, económica y políticamente, con el colonialismo y el imperialismo. Un achicamiento más del globo aquel, sin la menor duda, allá, por las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX, pero con interconexiones que eran todavía sumamente precarias. Piénsese tan solo en que el colonialismo y el imperialismo no son otra cosa que expansiones geopolíticas y geoeconómicas de fortalezas nacionales que hacen lo suyo en pugna con otras, como ocurrió con el colonialismo inglés y ocurre con el imperialismo estadounidense. 

En cambio, la fase contemporánea de la globalización, la de las tecnologías “de propósito general” (la robótica, la nanotecnología, la medicina genética, la química verde y una docena más), cuyo carro empujan las tecnologías digitales “de la información y la comunicación” (las TIC), tiende a no reconocer fronteras nacionales. A mí, que soy profesor universitario, me toca con cierta frecuencia tomar exámenes de grado a estudiantes que se encuentran en lugares que están en las antípodas de mi propio domicilio en el globo. Mi nieto, entre tanto, haciendo uso de su computador en línea, tiene amigos con los que juega, pero a los que no ha visto jamás en persona porque residen en Canadá o en Australia. Pero también, aprovechando estos desarrollos tecnológicos, las decisiones verdaderamente importantes no las toman los distintos gobiernos sino las empresas transnacionales o los organismos internacionales que están al servicio de las empresas transnacionales (Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional, Banco Interamericano de Desarrollo, Banco Central Europeo, etc.). Las naciones siguen existiendo, claro está, pero quienes las dirigen ejercen sus poderes constreñidos por las pautas que les fija una suerte de suprapoder.

Uno podría pensar entonces que debiera ser (o que debiera haber sido) más fácil contener en 2019-20 el COVID-19 que lo que fue en 1918 contener la gripe española. Que debiera haber sido más fácil organizar y ganar hoy, en este tiempo nuestro, la guerra contra la enfermedad. En 1918, la pandemia española se desató en plena conflagración mundial, cuando el nacionalismo era un fenómeno rampante y que hacía imposible cualquier acuerdo. También, los recursos humanos y técnicos para detener el flagelo eran en esa época escasos, incluso en los países más ricos, y no había organizaciones internacionales del tipo de la Organización Mundial de la Salud u otras semejantes. 

De todo eso disponemos contemporáneamente, porque no estamos en medio de un conflicto mundial, porque se cuenta con los recursos apropiados (aunque desigualmente distribuidos, lo admito), porque hay una OMS que hace lo que puede y que no es poco. Pero por sobre todo no había en 1918 lo que hay hoy en abundancia: conectividad. Una densa interconexión entre países, organizaciones e individuos cuya colaboración tendría que asegurarnos una ventaja enorme respecto de acontecimientos similares que ocurrieron en otras etapas de la historia humana. Esa interconexión es la que debió facilitar el intercambio de información y conocimientos así como la homogeneidad en las modalidades para encarar la peste. No fue así, sin embargo. ¿Por qué? ¿A qué atribuir este que a todas luces parece un fracaso? En estos momentos, leo que el mundo contabiliza ya 419.000 infectados y 18.700 muertos en 186 países y que no se avizoran esperanzas de que ello vaya a disminuir pronto. En España, un país occidental avanzado, según todos los estándares, hubo hoy 738 muertos con lo que supera a China (que tiene una población veintitantas veces mayor) en el número total de fallecimientos. 

Arriesgo una tesis: una cosa es la globalización que ahora tenemos y otra es la globalización que necesitamos. La que tenemos es la última de las globalizaciones en la historia del capitalismo y por eso tiene alcances precisos y egoístas, que no tienen relación con el bienestar de las personas o, por lo menos, no la tienen de una manera directa. Me explico. No por globalizado, el capitalismo deja de ser el que es: un sistema económico cuyo objetivo es producir un acrecentamiento de la riqueza en un número restringido de manos privadas. Se nos asegura que así el dinero va a lograr un mejor uso y desde ahí va a “chorrear” la lluvia de sus dádivas para goce de todos. Con ese dinero que así nos llega los de abajo podremos comprar cuanto nos haga falta, vivienda, comida, educación, salud, diversión. Esto significa que al capitalismo la gran mayoría de las personas le interesamos en primera instancia no en tanto que tales. No en tanto personas, sino en tanto entes generadores de riqueza, a los que es preciso cuidar, pero indirectamente, por lo que pueden hacer y no por lo que son. 

No es pues insólito que la jerga administrativa se refiera a los trabajadores como “recursos humanos”. Por sí sola, la etiqueta nos está señalando que para el capitalismo las personas somos eso: un “medio para conseguir lo que se pretende”, según reza la definición que de la palabra recurso ofrece el Diccionario de la Real Academia Española. El capitalismo se preocupa de nosotros, es verdad, está dispuesto a protegernos pero en sus términos y no en otros. Somos para el capitalismo un “medio”, y con los medios lo que hay que hacer es “mantenerlos” (otro término marcado en la jerga tecnocrática) en buenas condiciones, con el propósito de que ellos continúen realizando óptimamente las labores que les han sido asignadas. Para los “otros”, los que no son “medios” y carecen por eso de mantenimiento, existirá siempre la “beneficencia”, la caritas, la social (la religiosa, desde luego, ya que esta es una de las virtudes teologales de la Iglesia) o la individual (la generosidad filantrópica). Es decir que el bienestar de las personas no es un asunto que forme parte de los presupuestos del capital. Cuando este consiente en prestarle atención, cuando por ejemplo mejora los niveles de vida y las condiciones laborales, es o porque le conviene hacerlo o porque ha cedido a las luchas de los interesados para que sus demandas se conviertan en derechos. En el marco de la moderna división del trabajo, el bienestar de las personas no es un asunto que a él le concierne. 

Cuando Marx escribió sobre los males del capitalismo, pronosticó que ellos iban a ser superados en una sociedad de trabajadores, que los trabajadores (para él, los obreros de la gran industria decimonónica) eran los que tenían en sus manos la posibilidad de efectuar el cambio de rumbo. Podían ellos derrotar al sistema capitalista porque el sistema capitalista dependía de ellos. Por eso, la “huelga general” se tornó en un expediente mitológico en el imaginario de la clase obrera. Era la bomba atómica de que disponían los obreros industriales y a la que podían recurrir si se organizaban bien y golpeaban al adversario donde a este más le duele. Hoy, cuando los obreros industriales ya no son imprescindibles y por lo mismo constituyen una minoría social, esa estrategia ha dejado de ser válida. 

A la huelga general la reemplaza, entonces, el COVID-19. La pandemia es la que está cambiando al mundo, la que nos está demostrando que es capaz de derrotar al sistema. Y no sólo porque la pandemia puede detener sus actividades productivas y especulativas como ninguna huelga general pudo hacerlo jamás, sino porque le confirma a todo aquel que quiera percibirlo que su lógica, para la cual lo primero es el acrecentamiento de la riqueza y lo segundo (y no por propia iniciativa) el bienestar de las personas, ya no es sustentable. Las prioridades tienen que revisarse, y eso involucra un cambio cultural. ¿En qué debiera consistir este? En replantearnos el liberalismo, a mi juicio. Es decir en replantearnos el fundamento filosófico del capitalismo. El liberalismo, que, para recurrir otra vez a la RAE, es una “doctrina política que postula la libertad individual y social en lo político y la iniciativa privada en lo económico y cultural, limitando en estos terrenos la intervención del Estado y de los poderes públicos”. Esto, o antes bien la exacerbación de esto, es lo que debiera revisarse. La fórmula que favorece la “libertad individual” y la “iniciativa privada” en detrimento del “Estado” y de los “poderes públicos” no nos sirve hoy de la misma manera en que les sirvió a los teóricos que la pensaron hace trescientos o más años. El tren del capitalismo se encuentra hoy detenido en la última de las estaciones de su recorrido histórico y la exacerbación neoliberal, que con el propósito de infundirle nuevas energías magnifica hasta el paroxismo las tendencias individualistas y competitivas que son la parte política e ideológica del programa, hay que leerla como el coletazo postrero de la bestia herida. 

Porque el mundo cambió y nuestra comprensión del mismo no puede sino cambiar junto con él. Revisemos entonces los supuestos del liberalismo y, con ellos, los de su contrapunto, el capitalismo. Recuperemos la prioridad de lo colectivo respecto de lo individual y la de lo público respecto de lo privado. Reencontrémonos con el espíritu de solidaridad y con su consecuencia indispensable, el espíritu de colaboración. Nacional e internacionalmente, o sea apoyándonos nosotros los connacionales recíprocamente, pero también tendiéndoles la mano a aquellos que no son nuestros connacionales y todo eso sin costo y hasta el máximo de nuestras capacidades1. Globalicémonos, por lo tanto, pero dándole a la globalización esa vuelta de tuerca, entendiéndola esta vez no como una estrategia para acrecentar el capital sino como una coyuntura histórica cuyos descubrimientos nos deparan a los habitantes del planeta la oportunidad de unirnos en un nuevo humanismo y en esa forma ocuparnos mejor, por ejemplo, de la emergencia del COVID-19.  

¿Significa esto que tenemos que renunciar al liberalismo, a la libertad del sujeto, a los derechos individuales y, en último término, a la democracia moderna? ¿Qué tenemos que regimentarnos dócilmente para ser más eficaces? Pienso que no. Significa que tenemos que realinear unos términos todos los cuales son parte de la herencia moderna, pero que hoy coexisten en una circunstancia de desequilibrio. Reiterar nuestro aprecio por la libertad y la democracia, pero devolviéndonos al mismo tiempo dimensiones de lo humano que nos fueron cercenadas con el prejuicio –tal vez no tan falaz después de todo, pero pernicioso inmensamente–, de que su disminución incrementaba la productividad, estimulaba el consumo y nos hacía de ese modo más felices.     

Nota:

1 Obscena me parece a esta luz la carrera de las farmacéuticas por ser la primera en patentar una vacuna. También, el intento de Donald Trump de comprarle a una farmacéutica alemana en mil millones de dólares la propiedad del medicamento.