Publicado originalmente por Claudia Zapata en Palabra Pública el 13 de mayo de 2021.

La intervención o derribamiento de estatuas, recurrente en la oleada de rebeliones populares que vive América Latina, exhibe la densidad histórica de los conflictos de la región. ¿Borramiento del pasado? Muy por el contrario, una estatua derribada es la visibilización de los orígenes poco heroicos de los poderes actuales. Y contiene la convicción de que la historia puede y debe ser contada de otra manera.





El 28 de abril recién pasado, miembros del pueblo Misak derribaron en Cali (Colombia) la estatua del conquistador español Sebastián de Belalcázar. Siete meses atrás, el 16 de septiembre de 2020, otra estatua de Belalcázar fue derribada en el Morro del Tulcán en Popayán, un templo sagrado y cementerio indígena construido por el pueblo pubenense varios siglos antes de la llegada de los españoles. Belalcázar fue nombrado gobernador y propietario vitalicio de Popayán por el emperador Carlos I, y es considerado el fundador de esta ciudad y de Cali, esta última el epicentro del alzamiento popular que tiene en jaque al gobierno de Iván Duque.

La intervención o el derribamiento de estatuas ha sido recurrente en la oleada de rebeliones populares que vive América Latina desde 2019, constituyendo una parte fundamental del repertorio de acciones que ha caracterizado este momento de confrontación con el modelo neoliberal y su administración política. A su vez, estas rebeliones se insertan en un ciclo mundial de protestas sociales que ahora tiene como telón de fondo una pandemia que ha agudizado y visibilizado más que nunca las desigualdades, y en buena parte de ellas el repudio hacia ciertas estatuas emerge como una metáfora potente de justicia. Así ha ocurrido en las manifestaciones contra el racismo exacerbado de los últimos años y en las conmemoraciones de la conquista de América de 2020, en que se derribaron estatuas de colonizadores y de esclavistas en Colombia, Martinica, Chile, Estados Unidos e Inglaterra.

Derribamiento de la estatua de Sebastián Belalcázar, Cali (Colombia). Crédito: UnivalleUnida.

El rechazo de los sectores conservadores ha sido instantáneo en cada uno de estos episodios. Entre las afirmaciones más recurrentes se dice que esto correspondería a la acción de violentistas que se aprovechan de movilizaciones y demandas legítimas para provocar el caos. Desde esta perspectiva, el pasado no tendría nada que ver con el presente y solo la vocación de violencia podría estar en la base de tales actos. También se acusa ignorancia de la historia, sosteniendo de contrabando que esa historia es solo una y que, te guste o no, te representa.

Por cierto, también surge la condena hacia “las formas” con una serie de argumentos que suponen —ingenua o tendenciosamente— la existencia de una esfera pública igualitaria donde se podrían conversar las diferencias de manera libre. La estrategia evidente que asoma aquí es la negación de la densidad histórica contenida en esta forma de protesta. Una pieza de antología sobre este guion trillado es la entrevista a Pedro Velasco, gobernador del Cabildo Misak de Guambia, organización que derribó la estatua de Belalcázar en Cali, por el periodista Néstor Morales (Blu Radio, 29/4/2021), quien insistió en situar a los Misak en el polo del salvajismo, apelando al diálogo civilizado, a las buenas formas y simulando incomprensión frente a expresiones —según él— de odio. La estrategia del líder Misak fue historizar ese intercambio, señalando al periodista sarmientino como el depositario de una lógica colonizadora, violenta e irracional, invirtiendo de este modo la acusación de barbarie.

El pasado es presente

¿Cómo no evocar nuestra propia rebelión popular cuando se observan las imágenes que llegan desde Colombia si en muchos sentidos esta lucha es la misma, contra un neoliberalismo que tiene a Chile y a Colombia como sus hijos predilectos, y donde se ensayan las estrategias represivas más atroces para que esa radicalidad neoliberal se mantenga?

Las estatuas que han caído aquí y allá, así como los monumentos intervenidos, no hacen más que exhibir la densidad histórica de estos conflictos, cuya explicación está lejos de agotarse en la reacción frente el alza del transporte en Chile o la reforma tributaria en Colombia. En nuestro caso, las consignas “No son 30 pesos son 30 años” o “No son 30 años son 500 años” son indicadores elocuentes de la existencia de esas capas profundas.

En estos momentos de crisis generalizada se pone de manifiesto, más que nunca, el diseño urbano como el constructo ideológico que es, una característica que se expresa en los nombres de calles, plazas y monumentos que, en conjunto, exhiben con elocuencia las relaciones de poder que nos constituyen como sociedad. En Chile, la visibilización de esa memoria dominante ha transformado a sus principales hitos en objetivos de la protesta, al igual que las tiendas comerciales que representan los intereses del empresariado nacional y trasnacional (bancos, retail, etcétera.). Así, de manera similar a las rebeliones sociales que se han producido a lo largo de la historia, los símbolos del poder sucumben al paso de la población alzada.

Con respecto a las estatuas, no es posible conocer las motivaciones de todos quienes participan en estas acciones, y es probable que la mayoría no conozca con detalle las vidas de quienes fueron elevados a la condición de héroes. Pero tampoco se puede omitir la impugnación contundente que allí se hace de una “historia patria” marcadamente colonialista, racista y masculina, que glorifica la violencia militar como forma de construcción de la nación chilena, características reconocibles en la representación escultórica de esas figuras. Ese guion patrio es el que en Chile mantiene atado el pasado y el presente en un proyecto de conquista perpetua, marcado por la invasión, la represión, la judicialización y la negación de ese diálogo libre al que apelan los que posan de civilizados. Un guion que enlaza en libros escolares y en el plano urbano representaciones de personajes de distintas épocas, como Cristóbal Colón, Pedro de Valdivia, Manuel Baquedano o José Menéndez, todos ellos tumbados de sus pedestales en la rebelión popular que se inició en octubre del 2019.

Se trata de miradas y acciones desacralizadoras de la historia cuyo mayor símbolo es lo que ha ocurrido con la estatua de Manuel Baquedano en el corazón de Santiago: intervenida hasta el hartazgo, “restaurada” igual número de veces, material predilecto de memes y, finalmente, trasladada entre gallos y media noche con un rito militar cuasi fúnebre, para ponerla a salvo de la plebe alzada que se niega a considerarla con la solemnidad que imponen las fuerzas del orden.

¿Borramiento del pasado? Muy por el contrario, una estatua derribada o intervenida es la visibilización de aquello que permanece como herida. Si fuera un pasado muerto no molestaría a nadie y se podría apreciar cristalinamente su dimensión estética. Pero no, esas estatuas eran historia viva que nos enrostraban cotidianamente quiénes habían vencido y quiénes son sus herederos. Materializaban un tipo de conmemoración que no se ajusta a la idea de la historia como ejercicio necesario de recuerdo, mucho menos como interpretación que se somete a debate, sino como recurso ideológico privilegiado para encubrir los orígenes poco heroicos de los poderes actuales.

Por cierto, no dejan de sorprender las limitaciones políticas e intelectuales de las élites para enfrentar este tipo de crisis. En el caso que nos convoca, prefieren condenar y descalificar en lugar de reflexionar sobre las motivaciones profundas del desapego ciudadano para con esos símbolos. Prefieren hacerse los sorprendidos a reconocer que esas estatuas los representan a ellos y solo a ellos. Prefieren atacar —no precisamente de manera verbal— que trabajar en nuevas claves que aseguren su sobrevivencia como clase.

Finalmente, ese poder de cuestionar la historia tal como ha sido impuesta desde las altas esferas contiene la convicción de que esta puede y debe ser contada de otra manera; de que existen otras posibilidades en las que salgan a flote los excluidos de ayer, sobre cuya derrota se asienta el capital económico y social de quienes nos despojan en el hoy; también de una historia que no omita los triunfos populares que han interferido y modificado el proyecto oligárquico. Volviendo a los Belalcázares, Colones, Valdivias y Baquedanos arrancados de sus pedestales, pareciera ser este un final lógico para conmemoraciones inconsultas y para un patrimonio que no comienza ni termina con las obras monumentales, sino con los intereses de las oligarquías que las erigieron y cuidan, las pasadas y las actuales.